El 6 de junio de 1984, Alekséi Pàzhitnov lanzaba el Tetris al mundo. Fue el mayor fracaso económico en la (aún neonata) industria de los videojuegos. Debido a que Pàzhitnov vivía en la URSS, su juego pasó a manos del Estado. Durante años, el creador del mejor juego de la historia no vería un duro de su creación. Mil veces copiado y reinventado, el Tetris se hizo mundialmente famoso por venir gratis con una consola: la primera Game Boy. Así, el mejor juego de la historia y la mejor consola portátil de la historia se hicieron uno. Hasta que Pàzhitnov no abrió su empresa en EE.UU en 1996, llamada Tetris Company, los derechos de autor de este juego flotaban en el limbo. Su creador, por fin, consiguió apropiares de ellos doce años después de haber dado a luz al Tetris. En este proceso, perdería miles de millones de dólares. Ay, el comunismo.

Muchos han querido ver en el Tetris la caída del muro de Berlín que, sin embargo, no se produciría hasta cinco años después. No creo que ese fuese la idea de su creador. Sin embargo, ambos están estrechamente unidos: el juego, porque representa de manera perfecta qué es un videojuego y su esencia; la caída histórica del muro, porque da paso al mundo en el que vivimos hoy en día. Con uno nacía la narrativa del juego, con el otro morían las ideologías.

Tetris Tierra

La caída del muro de Berlín puso en evidencia que el comunismo había muerto. Lo que no se dijo fue que su némesis, el capitalismo, también moría. Uno retroalimentaba al otro para poder seguir existiendo. Cuanto más fuerte era el comunismo en oriente, más fuerte se hacía el capitalismo en occidente. En el momento en que el muro cayó y las piezas encajaron, todo desapareció.

Curiosamente, en el tiempo que transcurrió entre la salida del Tetris y la caída del muro, en occidente se comercializaba el juego con una mención: «Fabricado en Estados Unidos, creado en el extranjero». El producto era tan bueno que los aguerridos capitalistas no tenían reparos en  venderlo al por mayor, eso sí, sin mencionar su origen.

Mientras que el muro de Berlín ponía en jaque los movimientos sociopolíticos de aquel 1989 que acaba, una consola salía el mismo año para poner en jaque el cómo y dónde jugar a videojuegos. La forma de lucirse de esta consola era el Tetris. El Tetris inventó la narrativa que todo videojuego debería llevar implícito: empezar de una forma simple, dándole ventajas al jugador, para ir acelerando hasta llegar a una velocidad infernal y, con ello, retar al más habilidoso. Si trasladamos esta mecánica a cualquier juego veremos que, de hecho, todo se resume así.

Tetris Returns

En el Tetris no encarnamos ningún personaje o avatar. Ni siquiera decidimos, como en un Bubble Shooter cualquiera, dónde y cuándo lanzar la pieza. Como jugadores se nos anula toda capacidad de decisión. Nuestro único propósito es señalar donde debe caer. Somos un ente que juega así con los destinos de estas piezas.

El juego trata la entropía del universo. Nosotros construimos con el único propósito de destruir. Es más, se nos premia más y mejor cuanto más hayamos construido para que luego desaparezca. Somos, a la vez, el cerdo que construye su fuerte y el pájaro que se lo tira abajo en el Angry Birds. Nuestra única meta es devastar aquella zona que con nuestras manos desnudas hemos comenzado desde cero. Es injusto, pero hermoso.

El mayor mérito que podemos demostrar ante otra persona es “mira, he construido hasta aquí arriba y luego encajando una pieza todo se ha venido abajo” y lo único que la otra persona verá será la nada.

Actualmente, vivimos en una crisis que afecta tanto a la cultura, como a la sociedad, la economía o la política. Esto se ve reflejado en una industria que no apuesta, no arriesga si puede seguir haciendo lo mismo. Pero mejor dicho: más que una crisis, una transición. No sabemos qué pasará con los videojuegos y, mucho menos, con el mundo. Tenemos la dicotomía de si el futuro es físico o digital, el qué está pasando con la industria o la duda de qué camino seguirán los juegos.

Quizá es que intentamos que todo permanezca inmutable para siempre. El muro de Berlín nos enseñó que no es así. Que aunque se yergan nuevos monolitos, finalmente caerán. El Tetris es, después de todo, eso. Por encima de un juego, es una lección básica para la vida. Da igual la cultura que tengamos, el dinero o el poder. El Tetris nos lo ha enseñado y lo hemos olvidado: al final no nos quedará nada.